Expiación: una santa convocación para ti
Teología
abril 24, 2026
Todo el ritual del santuario se basaba en una promesa: la venida del Mesías. Si el Mesías no hubiera venido para ofrecerse como sacrificio definitivo por todo ser humano desde Adán, el ritual del santuario israelita no tendría ninguna validez.
Denis Versiani
“Vi volar por en medio del cielo a otro ángel, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, diciendo a gran voz: Temed a Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de las aguas” (Apocalipsis 14:6-8).
Los primeros rayos del sol comienzan a brillar en el horizonte. El pueblo empieza a reunirse delante del pórtico del tabernáculo de reunión. La expectativa llena el ambiente mientras el pueblo canta salmos solemnes de adoración al Dios que los libertó. Siguiendo el ritual del ayuno, la oración, la confesión y el arrepentimiento, atienden a la convocación [llamado] de Levítico 23:27-28 (RVC): “El día diez del mes séptimo será el día de la expiación. Ese día celebrarán una convocación santa, y ayunarán y me presentarán una ofrenda encendida. Es el día de la expiación, en que se reconciliarán conmigo, así que ese día no harán ningún trabajo”.
En ese día, según Levítico 16, el sumo sacerdote accedía al lugar santísimo del santuario. Antes de iniciar el ritual más importante del año, pasaba la noche anterior sin dormir, en ayuno y oración, escudriñando su corazón delante de Dios. Esto era necesario porque se encontraría con la shekiná, la manifestación pura y radiante de la gloria de Dios sobre el propiciatorio del arca del pacto, cofre que contenía los diez mandamientos de Dios. El arca era una representación del trono de Dios en el pueblo de Israel. Pero ¿qué hacía que el día de la expiación sea tan importante?
Dentro del santuario había una cortina que separaba el lugar santo ─lugar de la intercesión diaria en favor del pueblo─ del lugar santísimo ─lugar donde estaba el arca del pacto─. A lo largo del año, los adoradores ofrecían diariamente sacrificios de animales, como las ofrendas de paz o las ofrendas para el perdón de sus pecados y los de su familia, según lo estipulaba la ley mosaica. Además, cada día ─mañana y tarde─ el sacerdote ofrecía un sacrificio por todo el pueblo. La sangre de cada becerro, cordero o palomino muerto se llevaba dentro del santuario. En el lugar santo, el sacerdote asperjaba la sangre frente a la cortina de lino fino con ángeles bordados en hilos de oro. La sangre representaba la responsabilidad que el sacerdote asumía respecto de los pecados confesados. Luego, esos pecados que ingresaban al santuario quedaban registrados simbólicamente para ser juzgados. Así como aquel velo se manchaba de sangre sin ser lavado durante el año, el santuario quedaba contaminado con los pecados del pueblo.
La noche anterior al Día de la Expiación, el sumo sacerdote apenas dormía. Necesitaba purificarse mediante una seria y solemne comunión con Dios. En esa mañana, luego de una preparación cuidadosa, el sacerdote cumplía con el siguiente requerimiento: “Porque en este día se hará expiación por vosotros, y seréis limpios de todos vuestros pecados delante de Jehová… [El sacerdote] hará expiación por el santuario santo, y el tabernáculo de reunión; también hará expiación por el altar, por los sacerdotes y por todo el pueblo de la congregación” (Levítico 16:30-33). Antes de la expiación en sí, el sumo sacerdote ofrecía, como ofrenda por el pecado, el último holocausto por sí mismo y por el pueblo.
Se elegían y se sorteaban dos machos cabríos para que cumplieran funciones específicas en el ritual. La sangre del macho cabrío para Jehová se derramaría y su carne se quemaría en el altar del sacrificio. Una parte de su sangre se llevaba al Lugar Santísimo, más allá del velo, junto con un incensario y con carbones del altar del incienso, que representaban las oraciones del pueblo. Entonces, el pueblo se sometía a juicio (Levítico 16:15-20). Esta era la hora más solemne. Una vez que el pueblo era declarado justo ante Dios, la sangre del macho cabrío se asperjaba en todos los muebles del santuario para purificarlos. Entonces, el sumo sacerdote colocaba ambas manos sobre la cabeza del otro macho cabrío ─el chivo expiatorio para Azazel─ y transfería a este la culpa de todos los pecados del pueblo. El chivo expiatorio1 llevaba los pecados anuales del pueblo fuera del campamento, y se le dejaba morir solo en el desierto (Levítico 16:21). Con este ritual, el santuario quedaba purificado. El pueblo tenía la bendición de Dios para continuar un año más. Por ello, cada año se realizaba este solemne ritual.
Esto nos muestra algo muy importante. Hasta la llegada del Mesías, era necesario que cada año el pueblo y el sacerdote ofrecieran sacrificios diarios y que el santuario fuera purificado anualmente en el Día de la Expiación. Todo el proceso se repetía con rituales basados en la sangre de animales inocentes. El autor de Hebreos manifiesta que “ley, teniendo la sombra de los bienes venideros y no la forma misma de estas realidades, nunca puede, por medio de los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente de año en año, hacer perfectos a los que se acercan. Sin embargo, cada año se hace memoria de los pecados con estos sacrificios, porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados” (Hebreos 10:1, 3-4). Es evidente que la sangre de los animales, por muy inocentes que sean, nunca podrá eliminar los pecados de los seres superiores, creados a imagen de Dios.
Todo el ritual del santuario se basaba en una promesa: la venida del Mesías. Si el Mesías no hubiera venido para ofrecerse como sacrificio definitivo por todo ser humano desde Adán, el ritual del santuario israelita no tendría ninguna validez. Pero Jesús, “habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la diestra de Dios, esperando de allí en adelante hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Porque con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los santificados”. Hebreos 10:12-14).
Amigo, Jesús asumió tres funciones específicas del santuario:
La primera fue la de una ofrenda definitiva por el pecado (Isaías 53:10). Al morir en la cruz del Calvario, Jesús es la propiciación por los pecados de todo el mundo (1 Juan 2:2). Vino a buscar y salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10). Al morir en la cruz, Jesús asumió la condena que tú y yo deberíamos recibir: la muerte eterna a fin de erradicar la existencia del pecado. Ya no se requerirían sacrificios de animales en el santuario israelita. En el contexto del santuario, Isaías dice que Jesús fue el cordero llevado al matadero para que el castigo que nos trae la paz recayera sobre él, y fuéramos curados por sus heridas (Isaías 53:4-9). Siendo Jesús el “Cordero de Dios que quita los pecados del mundo” (Juan 1:29), Jesús se hizo responsable de los pecados de cada ser humano y los llevó al santuario celestial.
La segunda función fue la de sumo sacerdote. Cuando Jesús murió y resucitó, puso fin al sacerdocio de los levitas. En esa hora, el santuario israelita cumplió finalmente su función, con el velo rasgado como símbolo (Mateo 27:51). Ya no sería necesario todo el ritual mosaico, pues Jesús, cuando fuera entronizado en el cielo tras su resurrección, sería nuestro sumo sacerdote, uno que, sin pecado, se compadecería de las debilidades de todo ser humano pecador (Hebreos 4:14-16). El ministerio superior de Cristo en el santuario celestial cumpliría las directrices del nuevo pacto (Hebreos 8:1, 2, 8-10). A través de su sangre, Jesús también tiene los méritos para juzgar, perdonar o condenar al pecador, según su actitud frente al sacrificio expiatorio de la cruz. Para el pecador arrepentido, Jesús, que es el juez, es también el abogado y traerá el perdón (1 Juan 2:1). Para el pecador impenitente, el veredicto de Jesús será la condenación eterna.
La tercera función sería la de sacrificio de purificación. Por medio de su sangre, Jesús purificará el santuario, atribuyendo a Satanás y a sus ángeles la condena de los pecados confesados por el pecador arrepentido, que luchó contra el pecado durante toda su vida. Satanás, la causa de toda la miseria en la tierra, es el chivo expiatorio que será destruido después del milenio, y junto con él, el pecado y el pecador (Apocalipsis 20:10, 14, 15).
En este contexto, el Día de la Expiación tiene un cumplimiento universal y solemne en la historia de la humanidad. Daniel 9:24-27 presenta la inauguración del ministerio sacerdotal de Cristo en el santuario celestial. Con el cumplimiento de las 70 semanas simbólicas, que representan 490 años que inician con el decreto de Artajerjes de reconstruir Jerusalén en el 457 a. C. (Esdras 7), el Mesías ungido, muerto y resucitado asumiría sus funciones sacerdotales e intercedería por cada pecador, lo que equivale al sacrificio diario del santuario israelita. Por sus méritos, Jesús está perfectamente autorizado para perdonar los pecados. Durante este período, el Espíritu Santo actuaría como consolador, convenciendo al ser humano de pecado, de justicia y de juicio, y obrando y convirtiendo a todos los que se sensibilizan a su voz (Hebreos 3:15).
La profecía de Daniel 8:14, que comenzó a cumplirse en el año 457 a. C., nos muestra un periodo de 2300 años que terminó en el Día de la Expiación del 22 de octubre de 1844. En la profecía, el ángel le dice a Daniel que, al final de las 2.300 tardes y mañanas, “el santuario será purificado”. Pues bien, si Jesús fue entronizado como rey y sacerdote en el santuario poco después de su ascensión, podemos entender que el día profético de la expiación es la limpieza del santuario celestial ─como se ve aquí─, y no de la tierra ─como creen algunos de nuestros hermanos─.
Fíjate en lo que nos dice Salomón: “La conclusión de todo el discurso oído es esta: Teme a Dios y guarda sus mandamientos, pues esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá a juicio toda acción junto con todo lo escondido, sea bueno o sea malo” (Eclesiastés 12:13-14). El versículo que leemos al principio de este artículo es una referencia directa a Eclesiastés: “¡Teman a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio! Adoren al que hizo los cielos y la tierra y el mar y las fuentes de las aguas” (Apocalipsis 14:7). Además, este pasaje también hace referencia a los diez mandamientos al mencionar un pasaje del cuarto mandamiento (Éxodo 20:11).
Desde el Apocalipsis 1 al 11, Juan nos presenta a Jesús actuando en el lugar santo del santuario celestial. Todos los acontecimientos registrados en este pasaje tienen lugar en la era cristiana, después de la ascensión de Jesús al cielo. Pero en Apocalipsis 11:19, Juan entra en el lugar santísimo, donde ve el arca de la alianza. Esto señala el comienzo de la segunda fase del ministerio de Cristo: la expiación. La visibilidad del arca de la alianza nos señala dos cosas: 1) la validez legal y forense del ministerio de Jesús; y 2) los diez mandamientos como base legal de ese juicio.
Apocalipsis 15:8, marca el final de la limpieza del santuario de los pecados de los hombres. El versículo informa que el santuario “se llenó de humo por la gloria de Dios (shekiná) y por su poder, y nadie podía entrar en el santuario” (véase Lamentaciones 3:44). En otras palabras, la intercesión cesó. No se escucharán más oraciones de perdón. Se acabará toda posibilidad de arrepentimiento. Quien haya perseverado en guardar los mandamientos de Dios y la fe en Jesús (Apocalipsis 14:12) será declarado inocente. Quien persevere en seguir al dragón, a la bestia y al falso profeta será declarado culpable. A continuación, Juan describe el derramamiento de las siete plagas; los juicios de Dios sobre los incrédulos ─que terminarán con el regreso de Jesús (Apocalipsis 16-19)─; el arrebatamiento visible de los santos (Mateo 24:30, 31; Apocalipsis 20:4-6), y la muerte de los impíos (Apocalipsis 20:1-3).
Si observamos el relato con detenimiento, nos damos cuenta de algunas cosas interesantes. La primera es que la expiación del santuario celestial es un procedimiento decisivo en la historia de la humanidad, que comenzó el 22 de octubre de 1844 y sigue vigente. El “librito” de Apocalipsis 10 es una referencia a las profecías de Daniel 8 y 9, estudiadas por cristianos piadosos que alcanzaron el conocimiento del día de la expiación en el santuario celestial y crearon un movimiento mundial para predicar este importante mensaje a muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes (Apocalipsis 10:11).
Expiación significa ‘reconciliación’. Mientras Jesús juzga a la humanidad, derrama su gracia sobre todos nosotros, para que a través de ella, por la fe, todos sean salvados y justificados (Filipenses 2:8-10). Jesús reconcilió al mundo consigo mismo. Pero depende de cada hombre y de cada mujer decidir si acepta o no la reconciliación que él proporcionó en la cruz. Si la respuesta es “sí”, la reconciliación se consumará en el santuario celestial mediante el sellado de los santos. Si la respuesta es “no”, la misma cruz que Cristo usó para salvar será usada para condenar a los malvados.
También podemos entender que este juicio está todavía en ejecución. Como menciona Eclesiastés 12:13-14, las evidencias están siendo analizadas cuidadosamente. Jesús está juzgando cada acción y motivación que surge en el corazón del hombre. Está analizando cada lucha que tenemos con nuestra naturaleza pecaminosa, cada pecado que enfrentamos o acariciamos en nuestro corazón. Aunque nos juzga, su interés es salvar al pecador arrepentido. Proverbios 28:13 dice que “el que encubre sus pecados no prosperará, pero el que los confiesa y los abandona alcanzará misericordia”. Juan declara que “si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Amigo, ¿comprendes la gravedad del momento que vivimos? Mientras estamos preocupados por las cosas de esta tierra, nuestra vida está siendo cuidadosamente analizada y nuestro destino eterno está siendo sellado en el cielo. Si no comprendemos que somos malos por naturaleza (Isaías 64:6), no sentiremos la necesidad de un Salvador. Solo mediante el estudio de la Biblia y la oración sincera, sin formalidades, podemos permitir que Dios entre en nuestro corazón y cambie nuestra vida (Apocalipsis 3:20).
Teme a Dios y guarda sus mandamientos (Eclesiastés 12:13). Es vital entender que los diez mandamientos no fueron abolidos en la cruz. Son la ley de Dios que nos muestra dónde nos equivocamos, y señala y condena el pecado. Son los mandamientos que presentan a Jesús como el único camino para obtener el perdón y la vida (Gálatas 3:24, 25). Los Diez Mandamientos son la exposición clara y definitiva de cómo debemos relacionarnos con Dios, (véase Éxodo 20:1-11; Deuteronomio 6:5; Mateo 22:37), con nosotros mismos y con nuestro prójimo (Éxodo 20:12-17; Levítico 19:18; Mateo 22:39, 40).
La esencia de la ley es el amor, y el amor no puede ser abolido. Una vez que busques guardar los diez mandamientos con amor, te estarás preparando para el día de la salvación, ya que los diez mandamientos son la base legal de la expiación.
La obediencia a la ley no salva a nadie. Es sólo una respuesta de gratitud y reconocimiento por la salvación que Jesucristo ya nos ha garantizado en la cruz. Esta respuesta solo es posible mediante la fe, que es un don de Dios (Efesios 2:8-10). Cuando aceptas la fe que Dios quiere darte, llegas a confiar en que Dios te cuidará en todo momento, ya sea bueno o malo. Después de todo, el Juez es también nuestro Abogado ante el Padre (1 Juan 2:2).
“El momento actual es de interés abrumador para todos los que viven. Los gobernantes y los estadistas, los hombres que ocupan puestos de confianza y autoridad, los hombres y mujeres pensadores de todas las clases, tienen la atención fija en los acontecimientos que se producen en derredor nuestro. Observan las relaciones que existen entre las naciones. Observan la intensidad que se apodera de todo elemento terrenal, y reconocen que algo grande y decisivo está por acontecer, que el mundo se encuentra en víspera de una crisis estupenda”2.
“Las calamidades en tierra y mar, la inestabilidad social, las amenazas de guerra, como portentosos presagios, anuncian la proximidad de acontecimientos de la mayor gravedad. Las agencias del mal se coligan y acrecen sus fuerzas para la gran crisis final. Grandes cambios están a punto de producirse en el mundo, y los movimientos finales serán rápidos”3.
Amigo, vivimos en un tiempo solemne, que no se puede pasar por alto. A medida que se acerca el regreso de Jesús, a medida que la expiación llega a su fin, Satanás, enfurecido, ruge como un león, tratando de engullir al mayor número posible de hombres, mujeres, ancianos y niños, pues sabe que le queda poco tiempo para ser destruido (1 Pedro 5:8; Apocalipsis 12:12). El enemigo ha pervertido los principios y valores en todas las esferas de la sociedad. Nunca ha sido tan difícil definir el bien y el mal.
La sexualidad está presente en todas partes. La sed de dinero nos impulsa en todos los niveles de la sociedad. Se predica la violencia como una solución a nuestros problemas. Con cada segundo que pasa, el amor de Dios se enfría en nuestros corazones (Mateo 24:12). Dios mismo, creador y redentor de la humanidad, no es para muchos más que un encanto, o un simple concepto retrógrado de mentes ignorantes, totalmente prescindible en los círculos académicos. Muchos utilizan el amor divino para justificar sus perversiones. ¿Adónde iremos a parar con todo esto?
Amigo, es hora de tomar una decisión del lado de Dios. Jesucristo vuelve, y el tiempo pasa volando. Pronto, pronto terminará el juicio, y el Hijo del Hombre vendrá a separar el trigo de la paja. ¿De qué lado estarás? ¿De los que amaron a Dios más que a su propia vida, o de los que amaron su propia vida más que a Dios? Si amas tu vida, la perderás. ¡Así de simple! Pero si amas a Dios, Jesús te llevará a la vida eterna, donde los secretos del universo se abrirán ante tus ojos para toda la eternidad. Por lo tanto, “elige hoy a quién servirás. Pero yo y mi familia serviremos al Señor” (Josué 24:14).
¡Dios te bendiga!
Referencias:
1 Chivo expiatorio (o emisario). Del hebreo, “perteneciente a Azazel”, en contraparte del otro macho cabrío, que pertenecía al Señor. Por lo tanto, Azazel debe haber sido un ser personal, capaz de poseer algo… “Macho cabrío emisario” es un intento de traducir el término hebreo “Azazel”. El macho cabrío vivo servía para hacer expiación, en el sentido de quitar los pecados de los israelitas, como un camión de basura ritual que transportaba desechos tóxicos al desierto (Levítico 16:21, 22).
2 E. G. White, Profetas y reyes, p. 3473.3 E. G. White, Joyas de los testimonios, t. 3, p. 280.
La publicación original de este artículo se encuentra en la página web: https://biblia.com.br/perguntas-biblicas/expiacao-uma-santa-convocacao-para-voce/
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