Y el verbo se hizo carne
Teología
febrero 6, 2026
Un estudio sobre Juan 1:1-18.
Denis Verisani
Uno de los temas de estudio más maravillosos de la Biblia es la encarnación de Jesús, nuestro Salvador. ¿Cómo podría alguien atravesar el abismo infranqueable entre el trono del universo y una muerte vergonzosa en la cruz? El consenso en la mayor parte de la teología cristiana es que Jesús es Dios, pero ¿qué diferencia puede marcar esto en nuestra vida?
Era fines del primer siglo, probablemente entre los años 95 y 100 d. C. Todos los apóstoles habían muerto, excepto Juan. El apóstol ya había escrito el libro de Apocalipsis en la isla de Patmos. Había sido martirizado por los romanos, pero sin perder la vida. Ahora, con un poco de paz al final de su vida, y viviendo en Éfeso, Juan estaba preocupado por las herejías teológicas que estaban invadiendo la iglesia, como el gnosticismo, que distorsiona la comprensión de la naturaleza de Cristo. Por eso, Juan inició su libro con palabras poéticamente configuradas a fin de transmitir la noción real de quién fue Jesús. Por lo tanto, antes de continuar, toma tu Biblia y ábrela en Juan 1:1-18 y acompáñame en esta lectura.
Juan 1:1-5
“En el principio era el Verbo”. Por lo general, entendemos el “principio” como el inicio de alguna cosa en la línea del tiempo. Juan se remite a Génesis 1:1 para definir el “principio” como el inicio de todo lo que fue creado en el universo. Esto significa que el tiempo y el espacio en que vivimos también fueron creados por Dios. Asimismo, nuestro planeta y todo lo que en él hay, incluida la raza humana, no existían antes de la creación. Es más, en la creación de la tierra, los últimos seres que llegaron a existir fueron Adán y Eva.
Sin embargo, la palabra “principio” significa más que una noción temporal. Si Jesús no existiera, nada existiría. Fue por medio de su poder que las cosas fueron creadas, y es por su poder que continúan existiendo. Su poder mantiene la existencia de los elementos del universo a nivel subatómico. Por eso, Jesús es el “Principio” de la creación porque también mantiene el universo.
Ahora bien, ¿por qué algunas traducciones emplean “Verbo” (RVR1960, NVI) si en el original griego el término logos significa ‘palabra’ (RVA-2015, DHH)? Por definición, verbo es una palabra que denota ‘acción’, algo dinámico, no estático. Por ejemplo, “Yo hago” es una frase que denota acción. Pero, a diferencia de nuestras palabras, el logos tiene un principio de acción en sí. Cuando se pronuncia el logos, las cosas acontecen por el propio poder del logos. En otras palabras, si yo dijera a una bombilla eléctrica: “¡Enciéndete!”, no se encenderá a menos que presione con mi dedo el interruptor. En cambio, cuando Dios dijo: “Sea la luz”, la luz pasó a existir por el poder del logos, la Palabra, el “Verbo”. Y, así, todo lo demás llegó a existir.
Amigo, ¡Esto es muy interesante! ¡Jesús es el “Verbo”, la Palabra viva de Dios! Esto significa que la Palabra puede asumir una naturaleza personal. Por eso, Juan declara: “Todas las cosas por él fueron hechas” (Juan 1:3). Por medio de Jesús, Dios creó el universo. Sin Jesús, la Palabra de Dios, nada de lo que ha sido hecho podría haber existido.
Desde antes del principio, Jesús ya existía. “El verbo era Dios. Este era en el principio con Dios”. Jesús es tan Dios como Dios, y tan eterno como Dios. Es tan poderoso como Dios, y está íntimamente ligado a Dios. Como resultado, podemos entender que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (Génesis 1:2) son un solo Dios, y no tres, porque, desde el principio, las tres entidades divinas están íntimamente vinculadas por un lazo que no podemos comprender. Por eso, los tres actuaron juntos en la creación.
“En él estaba la vida”. Este es otro punto que define a la Palabra de Dios como un ser vivo y dinámico. Si Jesús es el Principio de la creación, nosotros solo vivimos porque cada milisegundo de vida es un regalo de él para nosotros. En Génesis 2:7, en el Edén, Dios sopló el aliento de vida en Adán. Este es el mismo don de vida que Dios concede a hombres y a animales (Eclesiastés 3:19). Cuando alguien muere, ese don de la vida regresa a Jesús. Por eso, Jesús afirmó: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6, RVA-2015).
“Y la vida era la luz de los hombres”. En su inmenso amor, Dios se reveló a nosotros por medio de la Palabra. Dios se revelaba mediante la naturaleza, los pensamientos, la oración y las Escrituras. Luego, por medio de Jesús, reveló la grandeza y la profundidad de su amor, y así iluminó nuestra mente y nuestra vida a través de su revelación. Así pues, Jesús es la máxima revelación de Dios.
Juan 1:6-13
Juan el Bautista (no el apóstol) era primo de Jesús y nació cerca de seis meses antes que el Maestro. Por inspiración del Espíritu Santo, fue escogido para profetizar (2 Pedro 2:21) y preparar el camino del Señor. De ahí que no hubiera en el mundo un profeta mayor que él. Además, Juan no testificaba de sí mismo, sino de Jesús, y preparaba el camino de quienes lo oían para que reciban a la Luz del mundo y para que comprendan cuando Jesús apareciera.
“Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo”, y era Jesús. Sin embargo, aunque todos habían sido iluminados por la luz de Cristo, la gran mayoría rechazó la luz para vivir en las tinieblas, donde sus pecados no los incomodan. Prefirieron rechazar a Dios y su salvación. Por eso, “el mundo no lo conoció”.
“A lo suyo vino”. El universo, así como la tierra y todos los seres creados, le pertenece por derecho a Dios, pues él es nuestro Creador y sustentador. No obstante, como seres pensantes, Dios respeta nuestra libre elección de aceptarlo o rechazarlo (Génesis 1:26-27). Si no queremos pertenecer al propietario, tenemos esa libertad. Pero llegará el día en que estaremos finalmente alienados de la vida y seremos destruidos para siempre, condenados a la inexistencia (Apocalipsis 20:14).
“Los suyos no le recibieron”. Aquí, Juan está hablando en primer lugar del pueblo judío, la simiente (de sangre) de Abrahán. Jesús fue perseguido por los propios líderes del pueblo. Los sacerdotes, los escribas y los fariseos tenían la responsabilidad de guiar la mente de cada judío para recibir al “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29). Pero ellos distorsionaron el significado del reino de Dios. El mesías no iba a ser un libertador nacional o un capitán militar. El mesías vendría para establecer el reino de los cielos en el corazón del ser humano y prepararlo para ascender al cielo cuando volviera por segunda vez. Por eso, los líderes judíos y gran parte del pueblo lo rechazaron. A su vez, en sentido más amplio, los que no lo recibieron también son los que, a lo largo de la historia, rechazaron a Jesús o distorsionaron sus enseñanzas para engañar a muchos, incluso en nuestra generación.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Querido lector, ¡la idea de que todos son hijos de Dios está equivocada! Todos hemos sido creados por Dios, pero, como pecadores, no todos somos hijos de Dios. Juan deja en claro en los versículos 12 y 13 que los que reciben a Jesús y creen él como su Salvador y su Rey son hechos hijos de Dios, sea judío o gentil. Esto va más allá de los lazos de sangre: es una cuestión de fe.
Existen dos tipos de fe. El primero es simplemente admitir que Jesús existe y es el Creador del mundo e incluso concordar con los principios de la ley y de la religión. Si creemos así, no estamos ni un milímetro por encima de las convicciones que el diablo también tiene. El segundo tipo de fe consiste en añadir a todo esto el amor, la sumisión y la confianza, dentro de una relación personal con Dios. La verdadera fe es buscar conocerlo, seguirlo y hacer de él nuestro mayor tesoro. Es creer que, aunque no se produzcan milagros, tu Redentor vive, y por fin se levantará sobre el polvo (Job 19:25). Es apoderarse de sus promesas, aun cuando no las obtengas ahora. Fe es estar firme incluso si eso te lleva a la vergüenza y la muerte. Ese tipo de fe es la que te lleva a la vida eterna (Juan 3:16).
Juan 1:14
“Y aquel Verbo fue hecho carne”. Juan describe de forma sencilla, pero impresionante, el misterio de la encarnación. La Palabra de Dios, divina por naturaleza, se volvió plenamente hombre como nosotros al encarnarse en una única célula fecundada dentro del útero de una muchacha en una villa del interior de Galilea. Jesús no dejó de ser Dios cuando se convirtió en hombre, pero decidió voluntariamente ocultar su naturaleza divina ilimitada dentro de la envoltura humana limitada. Jesús tomó la esencia de la naturaleza humana (Filipenses 2:8). Amigo lector, no existe nadie en el universo que posea dos naturalezas al mismo tiempo.
Jesús “habitó entre nosotros”. El término griego traducido como “habitó” transmite el sentido de ‘montar una tienda’ o ‘construir un tabernáculo’. Así como Dios tenía la voluntad de habitar en medio de Israel a través de un santuario israelita, Jesús vivió y moró en medio de nosotros, y fue uno de nosotros. Jesús se identificó con nuestras luchas y experimentó nuestras alegrías. Jesús vivió nuestra vida en todos los aspectos, desde la infancia hasta la edad adulta. Finalmente, como hombre y Dios, Jesús asumió sobre sí nuestra culpa y murió nuestra muerte colgado en una cruz (Juan 1:29; 3:13-15; Filipenses 2:8-10).
Pese a que Jesús es hoy tan humano como nosotros, hay un aspecto fundamental que diferencia su naturaleza humana de la nuestra. Jesús no era pecador. Nosotros somos pecadores por naturaleza. Nuestra naturaleza nos impulsa a practicar el mal, y Satanás usa ese impulso para tumbarnos. Jesús no estaba sujeto a la ley del pecado, por eso el pecado le era repugnante (Romanos 7:25-8:4). Jesús fue enviado por Dios “en semejanza de carne de pecado” (Romanos 8:3) o “en una condición semejante a la del hombre pecador” (RVC). Ser “semejante” al pecador no es igual a ser pecador. Jesús era tan humano como Adán antes de pecar. Y aunque cargara las marcas de un mundo castigado por el pecado ─es decir, sentía cansancio, hambre, sed, sueño, tristeza y soledad, como cualquiera de nosotros─, Cristo no poseía la tendencia a hacer el mal, tendencia que sí poseemos nosotros. Como seres alienados, queremos hacer el bien, pero nuestro cuerpo nos impulsa a hacer el mal (Romanos 7:7-24). Jesús, al no ser pecador, tenía méritos para librarnos de la ley del pecado por medio de la justificación (Romanos 7:25-8:4).
De ahí que Jesús estaba “lleno de gracia y de verdad”: la gracia y el poder de Dios para salvar al pecador y librarlo de los engaños de Satanás. Es por medio de ese poder que somos justificados y podemos participar de los atributos de la naturaleza divina. Y así es como su gloria se manifiesta en nosotros.
“Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre”. ¿Recuerdas que, en Éxodo 33:18, Moisés pidió en el Sinaí ver la gloria de Dios? El Señor le respondió: “Haré pasar toda mi bondad delante de ti y proclamaré delante de ti el nombre del Señor” (Éxodo 33:19, RVA-2015). Amigo, la gloria de Dios es mucho más que el brillo, el poder y la autoridad. La gloria de Dios es la manifestación de su bondad. Dios tuvo misericordia y se compadeció de toda la humanidad (Éxodo 33:19). Y ahora, por primera vez, la humanidad pecadora pudo ver a Dios cara a cara (compara Juan 1:14 con Éxodo 33:19-23). Jesús mostró su gloria plenamente cuando ayudó al triste, curó al enfermo, predicó la verdad y vivió para amar incluso a sus enemigos. La mayor manifestación de la gloria de Dios ocurrió cuando lo vimos colgado, desnudo y ensangrentado en la cruz.
Juan 1:15-18
Moisés vio la espalda de Jesús. Por su parte, Juan vio a Jesús cara a cara, y oyó de su boca las palabras de vida. ¡Qué privilegio, tanto para Moisés como para Juan! Nosotros también podemos ver a Jesús cara a cara cuando aceptamos su gracia diariamente. Podemos verlo por fe ahora, pero un día lo veremos cara a cara cuando regrese.
Al ver a Jesús, ya sea personalmente o por las palabras del evangelio, podemos contemplar su gloria: la bondad de Dios. Cuando amamos a nuestros hermanos ─aunque ellos se muestren como nuestros enemigos─ y oramos por ellos, estamos viendo a Dios. Dios es amor, y cuando practicamos su amor en nuestra vida, nos volvemos realmente sus hijos (1 Juan 4:7-10).
Vida en Jesús
¿Sabes qué es lo maravilloso? Que, a pesar de que ese Dios poderoso se preocupa por todo el universo, te conoce íntimamente, al punto de saber tus pensamientos y el número de cabellos hay en tu cabeza. Decir que todo el mundo es especial es lo mismo que decir que ninguno lo es. Pero esto no se aplica a Dios. Él es omnisciente y omnipotente. Él conoce tu corazón y te escucha como si nadie más existiera en el universo. Puedes confiar en él. Por más que te sientas terriblemente solo, puedes saber por la fe que él está contigo en el valle de sombra y de muerte (Salmos 139:1-5: 24:4-5: Lucas 12:7).
Amigo, no hay mayor amor que este: que alguien dé su vida por sus amigos (Juan 15:13). El abismo infranqueable entre el trono de la gloria y nuestro mundo mortal ahora tiene un camino: ese camino es Jesús (Juan 14:6). Por lo tanto, aun si no encuentras en tus oraciones la respuesta que buscas, aun si la enfermedad y el dolor no te abandonan, aun si la muerte te alcanza, ¡no pierdas la fe! Jesús mismo, el Verbo de Dios, aseguró: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1-3). Amigo, ¡cree! No estás solo ni olvidado. ¡Si Jesús cumplió su palabra al morir por nosotros, cumplirá también su promesa de volver! Será un día de gran fiesta. ¡Y nosotros estaremos unidos a él por los lazos de la humanidad para siempre!
¡Que Dios te bendiga!
Autor: Denis Versiani es magíster en Teología.
La publicación original de este artículo se encuentra en la página web: https://biblia.com.br/perguntas-biblicas/e-o-verbo-se-fez-carne/
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