¿El bien y el mal provienen del Señor?
Teología
diciembre 17, 2025
Reflexiones sobre Lamentaciones 3:37 y 38.
“¿Quién puede decir que algo sucede sin que el Señor lo ordene? ¿Acaso lo malo y lo bueno no proviene de la boca del Altísimo?” (Lamentaciones 3:37-38, RVC). Al leer un versículo como este, un lector desatento corre el riesgo de pensar que el “Dios bueno” de los cristianos es en realidad un tirano despiadado y sin escrúpulos. ¿Por qué dice Jeremías que las bendiciones y las desgracias provienen de un Dios al que la Biblia describe como un ser de amor? ¿Cómo puede salir el mal de las manos de un Dios esencialmente bueno? Para entenderlo, tenemos que estudiar el contexto en el que Jeremías escribió el pasaje.
Eran tiempos difíciles, especialmente después de la muerte del rey Josías. Los últimos cuatro reyes de Judá ─Joacaz, Joacim, Joaquín y Sedequías─ hicieron “lo malo ante el Señor” (2 Reyes 24:19). El panorama político y religioso se estaba deteriorando rápidamente ante las amenazas externas al reino de Judá. Durante cuarenta años, Jeremías aconsejó al pueblo y a los dirigentes de Judá que se arrepintieran de sus pecados y se volvieran de nuevo al Señor abandonando la idolatría, el formalismo religioso, la corrupción y la opresión. Pero sus advertencias fueron inútiles. Judá se hundió más y más en sus pecados.
El mayor dolor de un padre es tener que castigar a su hijo. Pero ¡cuántas veces, después de muchas advertencias, los castigos e incluso los latigazos son la última opción para que el niño se dé cuenta de su error! Muchas veces, el hijo recoge los frutos de su propia desobediencia cayéndose de la silla en la que estaba saltando, cortándose el dedo por jugar con el cuchillo afilado o provocando un embarazo después de tantas advertencias de sus padres. De hecho, a veces los padres deben dejar que sus hijos cosechen las consecuencias de sus errores. Lamentablemente, en un mundo pecaminoso, es parte de la crianza de los hijos que aprendan “pasándola mal”. Más triste es cuando los padres tienen que intervenir con dureza para reprender a un niño inmaduro o rebelde.
¡Eso es lo que Dios necesitaba hacer! Más de cien años antes de la caída de Jerusalén, los profetas Miqueas y Habacuc predijeron la destrucción de Judá porque sus líderes estaban construyendo “Sion con sangre y Jerusalén con maldad”. Pero a pesar de los oráculos proféticos, la incredulidad se convirtió en una enfermedad, y el pueblo siguió creyéndose seguro en su formalismo religioso mezclado con idolatría y corrupción.
Fue en esta época, cuando la crisis política y religiosa se agudizó, cuando Jeremías comenzó a escribir sus poemas de lamentación. Jeremías retrató públicamente la desesperada condición de Judá. En las oleadas de ataques de los caldeos exclamó: “En cautiverio ha ido Judá, sujeta a la aflicción y a la dura servidumbre. Ella habita entre las naciones y no halla descanso. Todos sus perseguidores la alcanzaron en medio de las aflicciones” (Lamentaciones 1:3). “El Señor… derribó las fortalezas de la capital de Judá; humilló al rey y a sus príncipes. En el ardor de su ira, puso fin al poderío de Israel; le retiró su apoyo cuando se enfrentó al enemigo; se encendió en Jacob un fuego que todo lo devoró” (Lamentaciones 2:1-3, RVC).
Israel era el pueblo del pacto, liberado de la esclavitud por Dios y conducido con seguridad por el desierto. Dios libró sus batallas y los condujo a Canaán. Israel tenía una misión especial como pueblo elegido. Por su ejemplo de salud, sabiduría y obediencia a Dios (Deuteronomio 4:6), Israel debía guiar a las naciones hacia la promesa del Mesías, la semilla del linaje de David, que traería la salvación al mundo. El propio Moisés, al final de su ministerio, dirigiéndose a Israel, advirtió que el pueblo tenía en sus manos la bendición o la maldición. Si caminaban en los caminos del Señor, serían bendecidos y caminarían con seguridad. Si rechazaban el pacto, Dios los consumiría con la sequía, el hambre y las enfermedades, y las otras naciones los dominarían hasta destruirlos por completo (Deuteronomio 28:15-68). Se trataba de una profecía condicional, cuyo cumplimiento, para bien o para mal, se produciría según la elección de la nación.
En este contexto, Jeremías se lamenta de la terrible elección hecha generación tras generación, exclamando: “¿Quién puede decir que algo sucede sin que el Señor lo ordene? ¿Acaso lo malo y lo bueno no proviene de la boca del Altísimo?” (Lamentaciones 3:37-38, RVC). Al renegar de su responsabilidad de proclamar la salvación al mundo pecador, al rechazar el pacto, Israel estaba siendo rechazado. Dios estaba retirando su mano derecha, y así despejaba el camino para que el enemigo destruyera a este pueblo rebelde (Lamentaciones 2:3).
Israel sufrió las dificultades más intensas durante el asedio de Babilonia. Casi la totalidad de la población fue devastada por sucesivas oleadas de ataques entre el 588 y el 586 a. C. Muchos fueron llevados cautivos. Los más pobres fueron abandonados y esparcidos por las ciudades, y los campos fueron destruidos por los ataques. Debido a la obstinada desobediencia de Israel, Dios “trajo” la desgracia.
Al ver que Dios hace caer la desgracia sobre los seres humanos, no podemos decir que él es injusto o cruel. Jeremías pregunta: “¿Por qué se queja el hombre, el varón que vive en el pecado?” (Jeremías 3:39). El Midrash ─un comentario judío tradicional─ escribe: “Para él, vivir es suficiente” (Midrash Rabbah, Lamentaciones, siglo IX). Esto significa que el mero hecho de estar alguien vivo es suficiente para recordarle que la mano divina le preserva, a pesar del mal que ha cometido y sus consecuencias. Jeremías utiliza un poco de ironía para decir que no faltaron advertencias e invitaciones al arrepentimiento. Pero incluso ahora, bajo los juicios y los castigos de Dios, se conserva la vida del pecador, para que aprenda, se arrepienta y vuelva a Dios diciendo: “‘Hemos pecado y nos hemos rebelado, [por eso] no nos has perdonado’” (Lamentaciones 3:40-42).
Esto nos trae algunas lecciones. La primera es que, aunque la gracia de Dios es ilimitada para salvar al pecador arrepentido y cuidar de él (Mateo 5:45), la paciencia de Dios con el rebelde persistente tiene límites, y un día se agota. Llega un momento en que, para evitar que el mal se perpetúe, Dios, en su ira y su desagrado, intervendrá y quebrará el orgullo del pecador obstinado, y traerá la enfermedad, el fracaso, la angustia y la muerte si es necesario.
No olvides que hay una gran diferencia entre libertad y libertinaje. El libertinaje es entregarse sin moderación a todo lo que degrada y destruye en este mundo pecaminoso. Es en esta falsa sensación de libertad que el diablo hace del pecador un esclavo de su propia voluntad. La verdadera libertad es el derecho a desplazarse dentro de unos límites preestablecidos para la seguridad y la felicidad de quienes desean ser libres. Fue Dios mismo quien estableció estos parámetros desde la creación.
Otra lección es que Dios no se complace en castigar a los injustos. “Bueno es el Señor para los que en él esperan, para el alma que lo busca” (Lamentaciones 3:25). “No disfruta afligiendo o humillando al ser humano” (Lamentaciones 3:33, BLP). Pero lo hace para que el pecador despierte a la vida, se arrepienta y se aparte de sus malos caminos. “Pues el Señor no abandona a nadie para siempre. Aunque trae dolor, también muestra compasión debido a la grandeza de su amor inagotable” (Lamentaciones 3:32, NTV).
Querido lector, como un padre que ama a su hijo lo disciplina (Proverbios 13:24), el Señor corrige a los que ama (Proverbios 3:12). Puede ser que no te tomes en serio la voluntad de Dios. Puede ser que estés jugando con el fuego del pecado. Si ese es el caso, es hora de despertar y ver que estás en peligro. Créeme, ¡no vivirás para siempre! Después de la muerte vendrá el juicio (Hebreos 9:27), y en ese momento serás resucitado para dar cuenta a Dios de todo lo que hagas aquí, sea bueno o malo (Eclesiastés 12:13, 14). No olvides que cada milisegundo de tu vida es un regalo de Dios para ti. Por lo tanto, vuelve tu corazón a Dios, porque él tiene misericordia de ti y quiere darte mucho más de lo que esta vida pecaminosa y limitada puede ofrecer. Un día, los juicios de Dios caerán sobre la tierra para limpiarla del pecado. En ese día, el pecado y los pecadores serán destruidos, pero los que permanezcan fieles a Dios recibirán la corona de la vida eterna (Apocalipsis 2:10; 3:11).
Así que, ¡sé sensato! ¡Y que Dios te bendiga!
Autor: Denis Versiani es magíster en Teología.
La publicación original de este artículo se encuentra en la página web: https://biblia.com.br/perguntas-biblicas/o-bem-e-o-mal-vem-do-senhor/
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