¿El Espíritu Santo se retirará de la tierra o solo de los malvados?
Espíritu Santo
febrero 20, 2026
¿El Espíritu Santo y el final de los tiempos: cómo será vivir sin un intercesor?
Denis Versiani
“El que es injusto, haga injusticia todavía. El que es impuro, sea impuro todavía. El que es justo, haga justicia todavía, y el que es santo, santifíquese todavía” (Apocalipsis 22:11).
Conocía la historia de una sucursal bancaria que funcionaba dentro de un campus universitario. Si no me equivoco, esta sucursal había sido robada cuatro veces. De ser trágica, la situación estaba llegando a punto de ser cómica. La última vez que oí de aquella sucursal, los gerentes fueron advertidos de que serían asaltados esa semana. Lo obvio era ponerse en contacto con la policía o pedir refuerzos al equipo de seguridad contratado para defender la sucursal. Pero no se hizo nada que fuera efectivo y esa agencia fue robada una vez más. En lugar de revisar sus procedimientos de seguridad, el banco decidió cerrar la sucursal para evitar más pérdidas.
“Pero sepan esto: Si el dueño de casa hubiera sabido a qué hora habría de venir el ladrón, habría velado y no habría permitido que forzaran la entrada a su casa. Por tanto, estén preparados también ustedes, porque a la hora que no piensen, vendrá el Hijo del Hombre” (Mateo 24:43-44). Antes de regresar al cielo para preparar un lugar para nosotros, Jesús dejó claro que, aunque la fecha no fuera revelada, las señales en la sociedad y en la naturaleza anunciarían que Jesús está retornando (ver Mateo 24, 25). Para que sus hijos estuvieran preparados, Jesús nos garantizó que no estaríamos solos.
“Cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. En cuanto a pecado, porque no creen en mí; en cuanto a justicia, porque me voy al Padre y no me verán más; y en cuanto a juicio, porque el príncipe de este mundo ha sido juzgado” (Juan 16:8-11). “Cuando venga el Espíritu Santo, él les dirá lo que es la verdad y los guiará, para que siempre vivan en la verdad. Él no hablará por su propia cuenta, sino que les dirá lo que oiga de Dios el Padre, y les enseñará lo que está por suceder” (Juan 16:13, TLA).
El ministerio del Espíritu Santo, simbolizado por el candelabro de siete lámparas en el lugar santo, está estrechamente relacionado con el ministerio de Jesucristo como sumo sacerdote del santuario celestial. Desde su entronización en el cielo, Jesús desempeña la función sacerdotal de intercesor entre el hombre pecador y el Dios Santo. Por los méritos de su sangre, derramada en un sacrificio único y suficiente, Jesús concede el perdón y proporciona la justicia a todo corazón arrepentido (Hebreos 9:11-12; 1 Juan 1:9; 2:1-2). Cuando Jesús fue entronizado, nos envió el Espíritu Santo, que actúa en la mente y el corazón del pecador y lo lleva a comprender las Escrituras, a desarrollar la fe en la gracia salvadora y a participar en un proceso diario de conversión. Por medio del Espíritu, el ser humano tiene acceso directo al trono de la gracia, acceso adquirido por los méritos de Cristo. En otras palabras, el Espíritu Santo actúa en la obra de la santificación, por la que el carácter del hombre se moldea gradualmente a la imagen del carácter de Dios.
Al convencer de pecado al mundo, el Espíritu hace que el pecador sea consciente de que su naturaleza es naturalmente pecaminosa e incurable mediante los esfuerzos humanos (Isaías 64:6; Jeremías 17:9, 10; Mateo 15:19). Es permitiendo la obra del Espíritu Santo que el hombre se convence de la justicia; es decir, al ver que su naturaleza es esencialmente mala, el hombre es conducido al arrepentimiento y a la confesión de los pecados, y así la justicia imputada de Cristo mediante la oración de fe (Marcos 9:24). Al convencer al hombre del juicio, el Espíritu Santo pone en el corazón del hombre un sentido de lo que es correcto e incorrecto y una conciencia de que sus acciones, buenas y malas, incluso las que están ocultas, no pasarán desapercibidas (Eclesiastés 12:13-14).
Expiación significa ‘purificación’, ‘reconciliación’. Cuando el día antitípico de la expiación anunciado en Daniel 8:14 comenzó en el santuario celestial, Jesús, nuestro Sumo Sacerdote, comenzó una nueva fase en su ministerio: la fase judicial. Además de ser nuestro abogado e intercesor ante Dios, Jesús se convirtió en juez ante Dios, investigando todas las acciones y las motivaciones de cada corazón desde Adán. Esta es la fase más solemne de la historia de la tierra. Jesús, que asumió la responsabilidad de los pecados de los hombres en la cruz, comenzó a poner fin al pecado, separando la cizaña del trigo, los justos de los injustos. El juicio investigador es el proceso legal en el que Jesús condena al culpable por sus pecados. Al que se ha arrepentido y confesado confiando en los méritos de la cruz, Jesús lo declara inocente, y transfiere la culpa de sus pecados a Satanás y sus ángeles, los causantes de la terrible condición pecaminosa de la tierra. Este proceso permite limpiar el santuario celestial y el universo de la realidad del pecado (Hebreos 9:23, 24). Para saber más sobre el Día de la Expiación, lee el artículo “Expiación – Una Santa Convocatoria para usted”.
Otra función de Jesús como sumo sacerdote en la expiación es la de vindicar a los santos, es decir, exigir como propiedad exclusiva suya a quienes a lo largo de la historia han guardado “los mandamientos de Dios y la fe de Jesús” (Apocalipsis 14:12). Pablo dice que “los santos juzgarán al mundo” (1 Corintios 6:12). Estos son los que han escuchado la voz del Espíritu y no han endurecido su corazón. Los “santos del Altísimo” siempre han sido perseguidos por los agentes de Satanás (Daniel 7:21, 25) ─y esta persecución se intensificará a medida que se acerque el tiempo del fin─, pero han permanecido y permanecerán fieles, sin importar la angustia que tengan que pasar.
Mientras el juicio se está llevando a cabo en el cielo, el Espíritu Santo guía a su iglesia que predica los tres mensajes angélicos de Apocalipsis 14:6-12.
Cuando termine su juicio en el cielo, también terminará la predicación del mensaje del tercer ángel. Hasta entonces, el poder del Espíritu continuará sobre su pueblo, como en el Pentecostés, y las señales en la tierra y en el cielo seguirán viéndose con mayor intensidad (Hechos 2:1-4; Joel 2:28-31; Mateo 24:12, 14, 29). El Espíritu sigue frenando la fuerza del mal perpetrada por Satanás sobre las naciones (Apocalipsis 7:1-3) hasta que todos los santos sean sellados en el juicio, apartados por creer en el Hijo unigénito y en el amor de Dios (Juan 3:16).
Con el fin del juicio, el período de gracia se cerrará y el mal ya no será más refrenado en el corazón del hombre. La puerta de la gracia, que da acceso irrestricto al trono de la gracia se cerrará (Hebreos 4:16). “Después de esto miré, y vi que el santuario, el tabernáculo del testimonio, estaba abierto en el cielo. Y del templo salieron los siete ángeles con las siete plagas… Y uno de los cuatro seres vivos dio a los siete ángeles siete copas de oro llenas de la ira de Dios, que vive por los siglos de los siglos. Y el templo se llenó de humo por la gloria de Dios y por su poder, y nadie pudo entrar en el templo hasta que se completaron las siete plagas de los siete ángeles” (Apocalipsis 15:5-8). En otras palabras, el acceso al santuario llegará a su fin.
Es en este momento que el Espíritu se retirará del corazón de todo hombre que haya rechazado la redención provista en el Calvario, y se haya posicionado, por conciencia o por comodidad, del lado de la bestia y haya recibido su marca. Así fue justo antes del diluvio, cuando Dios dijo a Noé: “A causa de la maldad del hombre, mi Espíritu no contenderá con él para siempre” (Génesis 6:3). Tras el cierre de la puerta de la gracia, el Espíritu ya no contenderá más con el hombre para que se arrepienta y busque al Señor, ni abogará en su favor. El mal actuará libremente en los corazones de estas personas y las impulsará a hacer atrocidades. En ese momento, se habrá acabado el tiempo para demostrar que el mal no es bueno. Durante el derramamiento de las siete plagas, el hombre se volverá tan insensible que, aun reconociendo su culpa, blasfemará contra Dios (Apocalipsis 16:8-11). Sin embargo, con los sellados esto no será así. Pablo dice que los santos están sellados en el Espíritu “para el día de la redención” (Efesios 4:30). Por medio del Espíritu Santo, Jesús estará con nosotros “siempre, hasta el fin del mundo” (Mateo 29:20).
Con el fin del juicio investigador y el cierre de la puerta de la gracia, ya no se le permitirá a Satanás inducir a los santos a pecar. Como ya no tendrá acceso a los sellados, Satanás dirigirá todos los poderes religiosos, políticos y militares contra ellos. Los propios ángeles caídos atacarán a los santos para destruirlos. Este será un período de gran tribulación y angustia para los hijos de Dios durante el derramamiento de las siete plagas. Su angustia no será por la persecución en sí, sino por saber si realmente habían confesado a Dios todo el mal contra el que luchaban. Esta angustia se compara con la angustia de Jacob en el valle de Jaboc. Pero incluso en medio de la angustia y la dura persecución, los sellados no sufrirán el daño de ninguna plaga, pues contarán con la presencia del Espíritu que actúa en su favor, protegiéndolos de toda tentación. Por lo tanto, el injusto seguirá haciendo injusticia, y el justo seguirá haciendo justicia; el impuro seguirá en su impureza, y el santo seguirá siendo santificado (Apocalipsis 22:11).
Al principio de este artículo, contábamos la historia de aquella agencia que cerró por no aprender la lección de prepararse. Se les había advertido que serían robados, pero no hicieron nada efectivo para afrontarlo. Puede parecer absurdo, pero no te equivoques: muchos de nosotros vivimos la misma situación. Pero el riesgo ahora implica consecuencias eternas para la vida o la muerte. El Espíritu Santo nos ayuda en nuestra debilidad, nos muestra la necesidad de orar e intercede por los santos con gemidos indecibles (Romanos 8:26,27). El trabajo que realiza el Espíritu es poner en nuestros corazones la necesidad de una vigilancia continua en un mundo satánico que quiere engullirnos.
Al guiarnos hacia toda la verdad, el Espíritu nos ayuda a revestirnos de la armadura de Dios para apagar las flechas incandescentes del Maligno. Es con la espada del Espíritu, la palabra de Dios, que podemos contraatacar al infierno, y llegar a ser más que vencedores en Aquel que nos amó. “Sobre todo, oren a Dios en todo tiempo. Y cuando lo hagan, sean dirigidos por el Espíritu. Manténganse bien despiertos y vigilantes, y no dejen de orar por todo el pueblo santo de Dios” (Efesios 6:18, NBV).
Así que, querido lector, presta atención: ¡el tiempo no se detiene, y el final de la historia se acerca rápidamente! La puerta de la gracia sigue abierta. Jesús, nuestro sumo sacerdote, sigue intercediendo por nosotros en el santuario celestial, mientras que el Espíritu intercede por nosotros aquí en la tierra. Tenemos al Dios del universo a nuestro favor, como abogado y juez. Pero un día el juicio terminará; la intercesión terminará. Si no te estás tomando muy en serio la vida al lado de Dios, llegará un momento en que el Espíritu dejará de obrar en ti, y puede que ni siquiera te des cuenta cuando eso ocurra.
¿De qué lado estaremos? ¿Del lado de los santos del Altísimo, los que han guardado los mandamientos de Dios y la fe en Jesús, y que han permanecido alerta en oración y en la práctica del amor? ¿O estaremos del lado de los seguidores de Satanás, de los que han practicado el mal o, por conveniencia, no se han interesado en conocer a Dios? ¿Qué señal recibiremos: el sello de Dios en el Espíritu, o la marca de la bestia (Apocalipsis 13:8, 16, 17)? Amigo, si hoy escuchas su voz, no endurezcas tu corazón. Jesús está volviendo para darnos la vida eterna. Así que prepárate, porque nuestra redención está más cerca que cuando creímos (Romanos 13:11). ¡Preparémonos para el día de la redención!
¡Dios te bendiga!
Autor: Denis Versiani
La publicación original de este artículo se encuentra en la página web: https://biblia.com.br/perguntas-biblicas/o-espirito-santo-vai-se-retirar-da-terra-ou-so-dos-impios/
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