Discusiones y soluciones
Familia
enero 12, 2026
Todas las discusiones deben buscar una solución al problema. Muchas veces otra actitud se apodera de la escena: la acusación… Conoce algunos aspectos vitales que nos ayudarán a concentrarnos en las soluciones.
George Vandeman y Débora Pinheiro
Es interesante que las peleas de pareja parecen seguir los mismos patrones de siempre. Con todo, hay maneras de acabar con esto.
Todo matrimonio, incluso el que pareciera haberse formado en el cielo mismo, tiene sus puntos conflictivos: se trata de diferencias que surgen, intereses que chocan y opiniones que divergen.
A pesar del romanticismo, las dos personalidades no se funden una en la otra de manera automática. Existen muchas cuestiones que implican la unión de dos personas, y esto lleva tiempo y reflexión.
Quiero mostrarte cómo podemos volver más productivos nuestros desacuerdos en el matrimonio y cómo podemos crear algo positivo a partir de nuestras diferencias, en lugar de usarlas contra el otro. La idea es aprender a dialogar y obtener ayuda de una fuente increíble: la relación de Jesús con sus discípulos.
Hay un objetivo muy importante que, como pareja, necesitamos recordar cuando pensamos en solucionar las diferencias: debemos concentrarnos en las soluciones. El objetivo de toda discusión debe ser encontrar una solución al problema. Pero muchas veces otra actitud irrumpe en escena: la acusación.
Las peleas se convierten en una disputa para ver quién puede encontrar más cosas para culpar al otro. Las acusaciones son mortíferas, y condenan al fracaso cualquier diálogo. En cambio, lo que debemos buscar son soluciones. Al respecto, existen algunos aspectos vitales que nos ayudarán a permanecer centrados en las soluciones:
Puedes centrarte en la solución simplemente oyendo
Muchas discusiones se vuelven insoportables porque el esposo y la esposa no escuchan lo que el otro está diciendo. No son solo palabras que no se escuchan, sino también emociones que se ignoran.
Las personas necesitan que les escuchen sus sentimientos
Lo creas o no, oír es uno de los mayores solucionadores de problemas que conocemos. No es simplemente el primer paso. Las personas necesitan ser escuchadas. El oír atiende esta necesidad, y así se resuelve el problema. Escuchar permite que el otro exprese sus sentimientos. El esposo puede aliviar el enojo de la esposa, pero no tratando de mostrar que la preocupación de ella es ilógica, sino simplemente dejándole expresar lo que siente. La esposa no se da cuenta de que su esposo procura manifestarle que está preocupado por ella, porque ella está enfocada en culparlo; por eso, no logra notar la preocupación de su esposo.
Cuando uno oye amablemente la necesidad de apoyo emocional que el otro tiene, este también oirá la preocupación que el primero muestra. Aquí, es importante resaltar que expresar los sentimientos no significa atacar, ofender o culpar al otro. Expresar los sentimientos es hablar de sí mismo sobre una situación o actitud externa. En contrapartida, quien oye debe cuidarse de no ponerse a la defensiva.
Oír soluciona problemas, pero toma tiempo
La gran mayoría de nuestras discrepancias no son tan complicadas, solo necesitamos conversar y oír e invertir tiempo. Esto admiro de Jesús: él reservaba tiempo para oír.
Uno de los hechos más importantes en cuanto a la relación de Jesús con sus discípulos es sencillamente que él estuvo a su lado continuamente durante tres años. Nota cómo Marcos describe el llamado de los doce: “Designó a doce, a quienes nombró apóstoles, para que lo acompañaran y para enviarlos a predicar” (Marcos 3:14, NVI).
Esta fue la estrategia del Salvador para cambiar el mundo: derramar su vida en doce hombres. Tal vez pienses que te encuentras presionado por el tiempo; pero, por favor, considera a Cristo. Él dispuso de tres años para cambiar el curso de la historia, corregir miles de años de conceptos errados sobre Dios y crear una iglesia que permaneciera firme hasta el final de los tiempos.
Jesús podría haber usado cada instante de ese tiempo a instituir una organización sofisticada y a ofrecer discursos públicos continuamente. En vez de eso, empleó sus días para entrenar a doce hombres. Anduvo con ellos por las calles de Galilea. Comió con ellos y estuvo presto para responder sus preguntas y dirigir sus pensamientos a cosas más elevadas.
Jesús separó su tiempo. En su relación con los discípulos, Cristo nos muestra el elemento clave para centrarnos en la solución a las discusiones de la vida en pareja: dedicar tiempo para oír.
Hay una gran diferencia entre concentrarse en la solución y concentrarse en la acusación con argumentos. Cuando nuestro cónyuge no está atendiendo una necesidad nuestra, muchas veces acusamos en vez de preguntar. La discusión se desvía hacia todo tipo de quejas en lugar de centrarse en lo que realmente es necesario. Las acusaciones siempre nos impiden encontrar soluciones.
Una de las promesas más conocidas que Jesús les hizo a sus discípulos la encontramos en Lucas 11:9, y es bastante clara: “Pidan, y se les dará; busquen, y hallarán; llamen, y se les abrirá”.
Ahora bien, en este versículo claramente Jesús se estaba refiriendo en primer lugar a la oración, pero creo que el mismo principio se aplica muy bien al matrimonio. ¿Te has puesto a pensar en cómo algunas discusiones habrían llegado a un desenlace diferente si, luego de oírse mutuamente, hubiera preguntas en vez de acusaciones?
“¿Quieres decir que…?”. “¿Piensas que yo…?”. “¿Esto es lo que quisiste decir?”. “¿Qué puedo hacer frente a eso?”. “¿Qué podemos hacer para solucionar el problema?”.
Sinceridad al expresar anhelos y expectativas
¿Y si hubiera más sinceridad al expresar nuestros anhelos y expectativas?
“Creo que estás pensando que yo…”. “Lo que yo quiero decir es que…”. “Me gustaría que tú…”. “Sería bueno que…”. “Creo que tengo…”. “Necesito…”.
Preguntar soluciona problemas. ¿Tienes alguna necesidad que no está siendo satisfecha en tu matrimonio? No acuses, pregunta. Podrás sorprenderte con la respuesta.
Ahora estamos listos para examinar el elemento final que nos permitirá concentrarnos en la solución de los problemas matrimoniales. Luego de haber oído y preguntado, necesitamos, en nuestras discrepancias como pareja, hacer una cosa más: involucrarnos. Esta es la fase de negociación de una discusión. Forma parte del proceso de dar y recibir que cualquier relación saludable requiere. Lamentablemente, el término involucrarse muchas veces deja un sabor amargo en nuestra boca, y nos hace pensar en “debilidad” porque debemos ceder. Sin embargo, involucrarse realmente exige mucha firmeza de carácter.
Por lo general, cuando una pareja discute, cada uno cree que tiene razón para irritarse o enfadarse debido a que al otro le falta de percepción para comprender el punto de vista de uno. Pero, desde luego, casi nunca estamos 100 % en lo correcto o equivocados. Siempre existen estos dos lados, incluso para lo que parece claro y cierto.
Una vez más debemos tomar una decisión importante entre culpar a la otra persona o encontrar la solución. Tiene que ser una cosa o la otra. Si queremos llegar a una solución, debemos dejar de intentar saber quién está equivocado y comenzar a buscar qué es lo correcto para ambos.
Cuando la pareja decide involucrarse en la búsqueda de la solución, habrá más disposición para oír y hacer preguntas sin acusar ni condenar. Involucrarse produce soluciones. El principio es muy simple.
¿Sabes cuál es la mejor manera para que tu cónyuge cambie? Pues cambiando tú mismo. Toma la iniciativa. Da el primer paso. Esto puede marcar la diferencia.
Los discípulos de Cristo quedaron en un callejón sin salida porque ninguno quería ceder y humillarse. Ellos se habían reunido para celebrar la Pascua con su Maestro. En tales ocasiones, era costumbre que un criado lavara los pies empolvados de los convidados, pero no había ningún criado presente y ninguno de los discípulos quería asumir esa función. Antes bien, estaban discutiendo sobre quién debería ocupar la posición más elevada en el reino de Cristo. De manera que estaban sentados mirándose los unos a los otros esperando que alguno cediera. Entonces, Jesús actuó de manera extraordinaria, según relata el apóstol Juan en su evangelio: “Luego echó agua en un recipiente y comenzó a lavarles los pies a sus discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba en la cintura” (Juan 13:5).
El Maestro se convirtió en siervo: lavó los pies de sus discípulos. Por eso, aquellos discípulos nunca más serían los mismos. Jamás volverían a discutir sobre las posiciones.
¡Qué ejemplo digno de nuestra consideración!, especialmente en nuestro matrimonio. La próxima vez que tengas miedo o vergüenza de humillarte o ser el primero en ceder, recuerda: Jesús lavó los pies de sus discípulos.
¿Sabes? Jesús es más que un simple ejemplo de cómo mantener buenas relaciones. Es también la fuente que nos brinda seguridad, algo tan esencial en el matrimonio. Saber que nuestro Señor murió por nosotros nos imparte un maravilloso sentido de seguridad.
Las personas inseguras luchan para vencer en las discusiones y se ven obligadas a acusar. Pero quienes tienen una fuente segura de amor están en condiciones de oír, preguntar e involucrarse.
¿Por qué no afianzar tus relaciones en la seguridad que solo Cristo puede brindar? Un hogar donde se honra a Cristo como Salvador y Señor está construido sobre una roca sólida. Afirma tus pies sobre la Roca ahora mismo.
Oración:
“Padre mío, te necesitamos en nuestra vida, en nuestra familia y en nuestra casa. Necesitamos dejar de culpar y acusar, y aprender a oír, preguntar e involucrarnos. Entra en nuestro corazón ahora como Aquel que nos perdona y nos purifica. Necesitamos edificar nuestras relaciones en tu amor que es eternamente seguro. Ayúdanos a entregarte nuestro corazón por completo. En el nombre de Jesús, amén”.
Autor: Escuela Bíblica
La publicación original de este artículo se encuentra en la página web: https://biblia.com.br/perguntas-biblicas/discussoes-e-solucoes/
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